Por: Carlos Monge
Periodista
Antes, como hoy, ha sido un privilegio formar parte de una orquesta filarmónica, por la contribución de los músicos, en su armónico conjunto, a la educación del oído y a la formación cultural de los pueblos.
En los anales quedan registrados, a título general, los nombres de los directores de orquesta, en tanto que los músicos, como tales, tienden a desaparecer. Al menos, ese es el caso de Pérez Zeledón. De la Filarmonía que existió recordamos, en un artículo anterior, a don Celestino Mora, don Rafael Rojas y don Ramón Mata Meoño.
Y si bien la propia Municipalidad de Pérez Zeledón nos aporta una fotografía en que aparecen los músicos del último grupo filarmónico y la página de Facebook “Qué Bonito ser de Pérez” nos consigna sus nombres, no deja de ser interesante entrar en lo anecdótico, al menos para recordar a dos de ellos, sin nombres, por no alterar el simbolismo.
Fue una orquesta filarmónica privilegiada, por la reverencia con que se le trató durante aquellos años. Su presencia en las celebraciones de efemérides y conmemoraciones de religiosos era poco menos que necesaria y su fama se extendía por los confines de la zona sur.
A los lugares alejados, se desplazaban en avioneta; pero a veces también debían hacerlo en medios de transporte menos confortables y dinámicos, que convertían una gira en una epopeya, como una vez que los músicos viajaron a Quepos por tierra.
Debieron viajar a caballo desde Dominical hasta Savegre (donde los esperaba el tren que los transportaría por entre bananales, hasta Quepos) con el inconveniente de que había que atravesar el río por dentro.
El de la tuba era un excelente músico, pero le tenía miedo a los ríos caudalosos. Era capaz de separarse de lo escrito en el pentagrama, sin que el oído del maestro lo detectara durante un buen rato y era un entrañable maestro para los principiantes; pero odiaba atravesar un río montado en un caballo.
Aceptó, a regañadientes y después de muchos ruegos, atravesar el río en ancas, en el entendido de que iba a cerrar los ojos, para controlar el vértigo y mitigar el terror. Terció la tuba por la izquierda, se amacizó con la derecha, cerró los ojos y se dejó llevar. Mucho rato después de que dejaron la margen derecha del Savegre, le preguntó a su compañero: ¿Ya puedo abrir los ojos?
Eso dicen. Pero lo que si me consta, es que los músicos estaban (en la entrada al Palacio Municipal) esperando que terminara la misa para acompañar la procesión, cuando uno de ellos se rajó con uno de esos guipipías tan a la generaleña, que se les oyen a los campesinos cuando están cansados. Yo contesté (no se debe olvidar que yo –muy joven- era el abnegado aprendiz que le ayudaba a llevar el bombo).
La regañada del maestro Ramón Mata y el reproche de los músicos no fue para menos… al filo de la excomunión. Por esos días, existía un respeto absoluto por un Viernes Santo. Los vehículos automotores no circulaban; las mujeres no cocinaban; y sólo por mantenerlos a recaudo, a los niños se les amenazaba con que si se bañaban en una poza se convertían en peces y se subían a un árbol de transformaban en pájaros. El silencio –entiéndase literalmente- era sepulcral.
Pero era ese día sublime, en que cientos de personas (multitudes, para la escasa población de entonces) acudían a las procesiones y escuchaban con los oídos del alma el excelentemente interpretado maravilloso Duelo de la Patria. Las procesiones, espléndidamente acompañadas por la Filarmonía, eran todo un acontecimiento que unía a la comunidad católica de El General.
Pero la presencia de la Filarmonía no era exclusiva de la Semana Santa. También le daba un aire diferente, de pueblo de antes, a las celebraciones del Santo Patrono, a los atardeceres de los domingos, con la retreta del viejo kiosco del parque viejo, y hacía más patriótico el amanecer del 15 de setiembre, en que se iniciaban las celebraciones de la Independencia de Costa Rica, con una alegre diana… a las cinco de la mañana.